Aquel sublime instante
Desfiló por mi lado,
preciosa y presuntuosa,
dejó una orquídea en mi pecho
y un puñal de blancas rosas.
Esbelta cual escultura de Diosa,
Ay! Si la viera Neruda,
seguro le compondría una prosa,
se enamoraría cual poeta
cuando contempla una rosa.
Sus piernas ondeaban
entre la cálida brisa de la tarde,
mientras mis ojos en celo
desorbitados
morían de hambre.
Se perpetuo el momento,
cuando sus dos pardas pupilas
me miraron un instante,
mientras hipnotizada a sus pies,
también se rendía la tarde.
La busco entre las ramas
de aquellos verdes matorrales,
no se la volveré a ver,
no sé si morirá algún día
aquel sublime instante.
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