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Razón de los olimpos, ¿cómo será, que alumbras con tus ojos de zafiros? ¡oh ágata de mi corazón, centellas de flores fugaces!. Madre, canto del pájaro de las guitarras violín del aire fresco, frescura del alba. Tus manos infinitas de jaspe causan a mi alma el regocijo del amor, del amor de los gigantes. El milagro y lo secreto, eso y aquello gime, arrulla en tus miradas cándidas. En tus golondrinas canarias de palabras el amor es uno solo, claro, nítido y auténtico, y todo lo que persignas es arte, todo arquitecto goza en tus versos del habla, la torre, el castillo, el edén y las murallas todo, todo es la madre. ¡Oh hígado, tendón y ligamento, conjuros de músculos del sentimiento!, cimiento eres, viga eres, sostén del mundo, cuando mi mundo muere. Madre, con tu cordón de perlas me sostienes mientras yo buceo en tu vientre eterno, ¿adonde irían las vidas sin ti? se irán a las tierras de ninguna parte, tu poncho soleado de besos llega a los huesos, por esternón y clavículas va como relámpago, y sin encontrar salidas comparables enciendes suspiros y fogatas a mi corazón. Cuando me comprimes a tu pecho ¡ay gacela de bellas! puedo ser seguramente incomparable.
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