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ROBERTO REYES CORTÉS. 5º.REYES *****
EL TORO.
Son las cinco de la tarde, cumpleaños del patrono que hace siglos antes viera en la ciudad luz primera,
tarde añil de primavera, el festejo es a lo grande, galas mil viste la gente, cielo rojo, azul violeta.
Deslumbrando “La coleta”. el mejor de los carteles se presenta en esta feria de aquel mi pueblo encantado;
Se lidian toros a muerte que hace cinco años nacieran, de vacas muy encastadas en la finca ganadera.
Hermosos son los becerros nacidos del “ Catrino ” un semental cornifino traído desde Ensenada para cargar la vacada.
Fuertes, sanos, poderosos, crecen libres en potreros de pastos y zacatales que fueran algodonales. Se bañaron en riachuelos de corrientes humedales, jugueteando en las frondas de sabinos y cedrales; sesteando bajo ramas de canelos y manglares.
Una mañana de Enero, regios sus cuerpos miraron retratados en las aguas, con el croar de las ranas que admiraron su trapío, junto a las piedras del río. Y con sorpresa descubren que la edad de la ternura el tiempo se la ha llevado y en su lugar ha dejado fuerza, poder y valor, y de pronto se miraron plenos machos, bien armados, cornilindos amarrados para cosas del combate.
Son las cinco de la tarde del domingo bullanguero, y la plaza está repleta; la música de la banda con sus marchas y canciones y la gente se alebresta en esta fiesta funesta.
Se abrió del toril la puerta, y cual saeta florida coronada con listones, asoma la negra testa aturdida por aplausos, de multitud asombrada viendo que picas de acero han penetrado en el cuello .
Exclamación explosiva la de la gente de feria cuando atina su mirada en el toro tan hermoso, que lanza fuerte envestida al torero que en desplante, valiente y con gran talante pone su pecho y su vida frente filosos puñales.
La bravura del cinqueño a toda la gente admira y parece que dijera con un mugido espantoso cuando expulsa con el aire su mirada enrojecida por la ira y dolor cargadas.
¡No te pediré clemencia, tampoco pido cuartel!, ¡no tendré ni tengo miedo, seré firme como roca frente la brutal estúpida estocada y la letal agresión del descabello.
Ese toro atormentado enseña en lo alto clavada una espada de matar; y ojos rojos de coraje frente a la muerte cercana, cruel, sangrienta, despiadada.
Después de feroz tortura el miura azota en la arena tinto en sangre derramada.
Solo se escucha oh, profundo y el aullido de la gente Torero. torero, olé, cubre el cielo de pañuelos retornando a la dehesa, a los campos del alcázar en donde un día pastara muy tranquila la manada.
Al sonido del clarín azotando el aire frío, dos mulas tiran sin brío del cadáver del castaño, hermosa bestia que fuera con vileza asesinada, quedando sola una plaza de ovaciones saturada.
Ha asomado ya la noche, otra tarde ha agotado, por el cielo el sol acaba y la gente enloquecida sin importarle la historia, viaja ahora rumbo a casa.
De entonces yo siempre tengo, como imagen fantasiosa, las negras fauces abiertas de aquel toro mal herido, ocultándose en las ondas de los giros y las capas, para concluir sus andanzas allá en el ruedo del coso.
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