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TUXTLA GUTIERREZ, CHIAPAS ABRIL DEL 2010 ROBERTO REYES CORTES. 5º.REYES.
LA ROSA. ++
En la sombra la noche inundada de perfumes despierta de su sueño aletargada y de una guitarra al viento desgranada, desgarran sonidos lastimeros de canciones que riman versos de tiempos pasajeros.
Cipreses y abedules desde abajo se ven mecer en las montañas.
sonidos misteriosos rondando los árboles de encino, de pinos y sabinos respiran silenciosos.
Las pequeñas cabañas del poblado se muestran como tiernas figuritas ante los ojos y el río breve sin diseño, corre entre las calles brincando los cercos enramados de colores, que rodean diminuta casita de los sueños.
Las sombras escondidas en la noche lunas sombrías son que raptan sueños, solo paz y quietud caminan lentas en el carcomido mecanismo de un reloj que nunca avanza.
De pronto en lo alto de la loma la figura febril de un hombre asoma, es el viajero que viene de la nada, buscando con angustia desmedida en su antigua memoria carcomida, una loca fantasía de amor por el vivida.
Sus ojos fríos son bárbaros relámpagos, su honda respiración se vuelve llanto, tiende honda la mirada desde arriba simulando tener un corazón en quieta calma, pero más de mil demonios se debaten furiosos en el fondo de su alma,
Observa la ventana iluminada de la casa, escondiendo su cuerpo flaco en una rama de aquel árbol que un día memorable sembrara en la calzada.
Aguarda con los poros encendidos de coraje, sorprender de pronto a quien fuera su adorada, ingrata dama, enredada en los ocultos vericuetos de una trama, de amores que antaño mantuviera, con aquel con quien la viera partir una mañana.
Destaca en la penumbra de la noche perfilada en el portal de una ventana la figura delgada de una anciana.
En sus rubios cabellos pintan canas, con su senil vestido blanco de paloma y una bata raída de pijama.
En lugar de los que fueran bellos ojos azules del antaño, enseña dos lámparas fundidas en un par de cuencas vacías secadas por el llanto.
La mujer dueña de ese hogaño muestra tensa una mano pálida enjuta por el tiempo, en ella está aprisionada blanca rosa y un suspiro profundo de su pecho recorre el entorno de la casa y se hunde en la fronda silenciosa.
Solo aquel triste gemido y un sollozo acompañan al viajero de la noche, que vuelve caminando solitario al fondo oscuro de su fosa.
Desde entonces las gentes de ese pueblo por las tardes cuando el sol se pone o en la penumbra miran sobre una delgada capa de tierra amontonada que asemeja una tumba abandonada, el pálido cadáver destrozado y marchito de una rosa.
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