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Yo sé que el amor no lo he perdido, Lo encontraré en cualquier beso de marañas de incienso, Lo hallo entre las rocas de los apocalipsis vividos, Entre el dolor y el cansancio de hiedras errantes, O en las enredaderas de espumas de océanos crepitantes.
El amor no puede perderse, lo digo, Por qué a sangre y fuego se corona de espinas, Y lo reclaman crepúsculos dormidos en el olvido. Se puede hallar en cisnes sumergidos de estirpes antiguas, Debajo de alguna lluvia que se durmió en el horizonte. Puede hallarse en la nieve atormentada sobre flores ambiguas Como el pez moribundo dormido y perdido.
El amor es transparente como el espejo quebrado sin mentiras, Exacerbando terco los pensamientos errantes de una estrella cualquiera, Dispersado en memorias, sumergido como raíces de alocadas penas. No sé, refrescando matas en pilones y suavizando pájaros de cera. El amor se encuentra cuando el meteorito del alma se mete en las venas. El amor no ha muerto. Lo encuentro abrazado como indio a su quena.
Yo sé que tu amor no lo he perdido, Solo lo he extraviado, callado y silencioso en los cristales de los desencantos, Sé que te has escondido, entre las rosas encantadas o los otoños dormidos. Entre partículas de arena de alguna duna cósmica, Quiero que regreses de tu desierto, para amarte como el verso del poema perdido, Amor, dame el calor de tus alas o tus escondrijos de fríos encantos.
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