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A ti, amiga, seguidora encantada de mis días de ilusiones y de depresión, aquí frente al camino silencioso, en la hora de esta noche que inicié. Contigo el ayer, en el último beso de la despedida. Sobre el solitario, rudimento de la llegada de la luna a tus ojos y al corazón de tus palabras, firme, contundente, sobresaturada de tantas miradas desconocidas al camino decidido, elegido… Acaricio con múltiples instantes, los poros brillantes de tu perfil; enamorado. Porque el sol no me deja mirarte de nuevo, pero tantos son tus recuerdos como un ramillo de lavandas firmes, invencibles ante el sol radiado; aromada siempre entre mis imágenes para respirar. Respiro la mañana en trinos de aves grises y menudas, tal alguno; son gorriones o gaviotas, el tiempo sin medios para medirlo, pues no importa; la voz delicada y pensada para no herirte; los colores y las tentaciones suaves al alma nueva, del madurado amor en el amor, que me da tu amor. De nuevo la plegaria, ora la enseñanza vieja; de una mujer para conquistar el sacrificio y la resignación, por conseguir la aurora única. Y así el matrimonio suceso de la ciudad, lleva más de veinte años. Y, ahora mi frente, no descansa por la pérdida. El viento estéril la trae de nuevo; la recuerdas en ese día de tanto frío. Me buscaste, recorriste las esquinas alrededor y aún en las sombras arborícolas y en el espejo de las ventanas de las casas cúbicas y así con palabras de dolor, en la calle y en mi casa sombría, nos miramos y nos abrazamos, conjugados solamente. Inundó la pena mi pensamiento completo, hasta hoy. La gente alrededor pasaba a su lado tan silenciosa, que era como si nunca hubieran existido las palabras amistosas; algunos parientes bien filiales y confiables en el largo sillón verde claro; apretaban las manos entre los pañuelos; tal vez pensantes en la ausencia, de no sentir mas su tango canto y el chasquido de sus dedos de dibujante y soñador; sin querer la noche sólo será recuerdo y el día llanto escondido. ¿Por qué te fuiste? Al tiempo después, recordé la esquina de luz, el rencuentro; sólo sirvió para decir: adiós. La avenida azul que une a la montaña con el tren abandonado; como un esqueleto dormido sobre ladrillos de casi polvo naranja, durmientes degradados y rieles partidos; conserva las baldosas grises que por tantas mañanas y muchas más tardes y noches recorriste. Construiste con versos de hombre, los nombres de tus hijos, y llevaste al hogar la vida y la verdad. Intentabas explicarme, con rimas y música de cuerdas; las expresiones de la misteriosa muerte, y aún sigo escrudiñando el cielo para encontrarte, porque tanto te amé.
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