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 Asunto: Carta nº 360
NotaPublicado: 29 Ene 2012, 14:38 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
Bueno, cariño, parece que también nuestra apasionada ola sucumbió finalmente en la arena. Construimos un hermoso amor, realmente mereció la pena vivirlo. Y también pagar su precio. Pero una cosa es jugarse a los dados el corazón y otra muy distinta compartir la fealdad del desencanto. Ese nunca fue el objetivo. Tanta frustración acumulada te hizo al fin perder las formas. Y tu agresivo enfado solo consiguió aumentar mi tristeza. Mi desolación tampoco te servía ya de mucho, la capitulación fue completa.
Por eso quiero hacerte una última confesión, aunque sea en el tono lastimero que detestas. Lo uno por lo otro. Verás, en lo más doloroso del proceso, cuando comprendí que mis días definitivamente iban a ser grises y perdía por momentos los instintos más elementales, decidí matar mi amor por ti. Como último recurso para sobrevivirte. Ahora puedo rememorarlo con serenidad pero fue un terrible desgarro del alma, la amarga copa que todavía me faltaba por apurar. Lo abordé con velas desplegadas y toda la energía que la desesperación me prestaba. A hachazo limpio fui abriéndome paso hacia la luz, consciente de las tremendas heridas que brotaban de mi piel. Pero resuelto a recuperar el control sobre el reino interior, aunque para ello tuviera que convertirlo en un páramo.
Cumplí con el ritual hasta la náusea: te negué no tres, sino cien veces, aporreé a conciencia mis más hermosos recuerdos, renuncié para siempre a beber nuestro vino, pisoteé con saña tus fotos, escupí mentalmente sobre la que pudiera ser tu tumba, cavé y cavé sin descanso en el blando humus de mi cerebro hasta conseguir abrir un inmenso agujero donde antes se encontraba la memoria. Al final acabé exhausto y satisfecho. Abría los ojos por la mañana y ya no estabas. No había nada, pero tampoco ese punzante dolor asociado a tu rostro. Mi corazón no sentía, estaba como hueco, y eso semejaba mucho, muchísimo, la paz. Había dejado de sufrir renunciando a ti.
Así que, sin ya necesitarte, comencé lentamente a recorrer mi nueva vida. Todo resultaba frágil, como cogido con hilvanes. Los seres que poblaban mis días, las palabras que llegaban a mis oídos, las pequeñas tareas cotidianas, el pesado silencio de las noches entrecortadas. Había conseguido levantar una imponente muralla protectora en muy poco tiempo, aunque fuera de cartón piedra. Me servía de refugio y allí pasé recogido muchos meses, mientras mi cuerpo deambulaba por otras partes atendiendo a las necesidades cotidianas. Afortunadamente tú estabas siempre lejos, viviéndote, totalmente ajena a mis afanes.
Pero una tarde de ensombrecido otoño me descubrí pensándote con nostalgia. Y el pánico se agarró de inmediato a mi pecho, como un gato a una cortina...


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