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 Asunto: Carta nº 296
NotaPublicado: 27 Ene 2012, 22:59 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
In memoriam, carta a mi profesora de literatura castellana)
Querida Ariadna,
El sentido de escribirte ¡cuantísimo llovido! reflota enredado en los velos de mi alma. Adviene un rostro y se posa en la nada. De ti me quedan todos los recuerdos, todas las estelas de una laberíntica travesía que otrora guiaste en tiempo, polvo y agonías, y de ti me queda un último poema.
Trece años es mucho, pero no lo suficiente para enterrar mi promesa.
Cumplo: redactando esta carta, la carta del poema. Dirigida a ti, aunque, patente el propósito, soy yo mismo su destinatario. Ya no me quedan ejercicios porque tu poema, dentro de un cofrecito junto a la esquela, es la figura final de la lista póstuma de tareas.
Allá voy… seguir… seguir… siempre seguir… esa voz, la tuya, maestra, resuena… resuena… ¡oh, gracias por regalarme tan precioso diamante, tan tranquila piedra quieta! Seguir… seguir… todavía, de niño a hombre, oigo tus labios en mi oreja, flojito para que los demás no oyeran… seguir, seguir de tu aire, de tu boca… seguir…
Yo era un monstruo astado en un aula de caballeros. Enseguida me reconociste y perfilaste un trato exclusivo y adecuado a la rareza. Yo era el único, en tu clase, que asistía con beca. Fue un estigma y me granjeaba la indiferencia de unos compañeros, quizás sin sevicia, pero con claro desdén hacia mi persona. Durante los cursos alimentaste una confianza salvadora capaz de impulsar mi velero. Pretende este escrito rendirte cuentas.
Cimbrean las fibras esenciales en mi pecho y alborozan mi calma, ¡fue tanta tu proeza, tan calculada la pedagogía! De estos años aquí, al paso, emergiendo, liberándose aquende las profundidades de mi coleto, me han aparecido las herramientas, las recetas y especias que con tanta dedicación ¡oh, cuánto agradecimiento! diseminaste en mi nesciencia. Prueba de ello: ahora… que no sabría cómo comenzar y sin embargo he empezado…
En la mañana de hoy, porque ya arribé al extremo de la escalera, recuperé el cofrecito y allí estaba doblado el poema… trece años, Ariadna, trece vueltas al sol para acometer los deberes encomendados cuando vino la muerte a llevársete.
Más de dos lustros y medio lo he guardado como un tesoro, en secreto. Latente. De algún modo supiste que un alumno tuyo acudiría al hospital, adivinaste y habías preparado la despedida. Llegué tarde… llegué tarde ¡cuánto he sangrado por esa herida! Y, sin embargo, un familiar tuyo me esperaba, con el cofrecito, la esquela: una escalera de tareas… y al acabar, leer el poema y, vista al frente, escribir.
No quedan peldaños. Lo abrí. Un papel, manuscrito laso porque lo redactaste cuando ya apenas conservabas fuerzas. He reservado en una vega de mi reino para ti, para el poema, una jardinera. Caigan en ella tus palabras, postreras. Yo las derramo. Nuevos versos, nuevas rosas crecerán de aromas y colores, tuyos, Ariadna, de tus hilos de belleza. De pétalos marchitos y de espinas…
Arribita, en mayúsculas, titulas: PASIÓN DE SER.
Pasión de ser, primera estrofa, cuatro versos, rima asonante, abcb: abres el misterio, trazas una cuerda al sesgo, desenvolviendo trágicamente un sueño, tan tersa que suena.
Pasión de ser, segunda estrofa, seis versos, sin rima alguna: abres un brocal hondo, retumbas ecos en cuevas aisladas, de noches abarrotadas cuando confluyen en un pensamiento negro, posándose en una piedra calma.
Pausa, aparto lágrimas. Algunas escapan a mi manotazo y resbalan hasta el papel, se corre la letra, tiemblan mis manos. Entre todas tus enseñanzas, Ariadna, seguir es la primera. Seguir a través, seguir a pesar, seguir incluso sin camino, seguir por el envés…
Pasión de ser, tercera, cuatro versos consonantes, abac: brillos, fulgores, pavesas, rusiente carbón pulido en las ceremonias de la vida. Diamante enorme.
Pasión de ser, cuarta estrofa, dos versos asonantes: centro. Centro del alma. Y creces allí; le crece al lector de tu poema otro poema.
Caen arrojándose de mis pómulos nuevas gotas saladas, brotes estremecidos de lo mucho que te extraño, y de gratitud, infinita. Lo mucho que te extraño y lo ciego de mi espera, sin tu guía, sin tu mirada. Seguir, seguir, seguir a pesar… no tan ciego, con esta llamita de ti encendida ¡gracias, gracias! Escribiría mil veces esta palabra…
Pasión de ser, últimos cuatro versos escribiste, huellas, marcas de vacío, por aquí anduvo tu escritura… esas palabras, Ariadna, lastre hasta donde convenga, ascenso o descenso, que a tantos niveló, surcando el filo de una navaja, que hiere, quien se raja lo sabe, que hiere tanto como sana.
Escribiste: voz muda, y tú siempre cantabas. Mi vuelo, de métrica y cadencia.
Escribiste: llama escondida, y tu claridad encendió la lucecita que ahora me ampara y protejo con mi capa de la tormenta y del remolino de esperanzas. Mi entendimiento, maestra.
Escribiste: llamada eterna, clama silencio tu ausencia, quiebra de carencia mi fortaleza, así permeable al sentimiento y la emoción.
Escribiste: desde la piedra tranquila, escribiste… sí, ¡oh, qué regalo! Ésta, aquí, ésta piedra tranquila.
¡Qué poema! ¡Qué última enseñanza! Pasión de ser.
Camino, sigo, sigo, sigo… por el amor adeudado, porque tú así querrías el amor. Aquí, mediante esta carta, concluye mi lista de tareas y soy ahora la potencia resuelta de tu obra. Aquí empieza mi carrera y concluye, entonces, su periodo lectivo. Lo escrito, sangre, otea el futuro, y, regla del ejercicio, no parafrasea hitos o nombres del gran enjambre literario, eso ya lo hice escalando los peldaños marcados en la esquela, sola mi pluma, sola muy sola, naciendo un rostro, advenido en la nada…
Empero, por imperfección pura, soy un monstruo astado en un mundo de caballeros, finalizo con una excepción: escribir, como expresara Pizarnik, sobre la realidad y tras la sustancia, sin para qué y sin para quién…
Ahora, adulto, descifro el sentimiento que embargaba al niño, fruto de tu arte… es amor. Ariadna, mi amada… mis lágrimas han sido el primer riego y, en adelante, cada atardecer vendré y regaré tu jardinera.


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