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| Carta nº 288 https://www.rosasyversos.es/viewtopic.php?f=31&t=4599 |
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| Autor: | Concurso [ 27 Ene 2012, 20:54 ] |
| Asunto: | Carta nº 288 |
13 de marzo 2004 Querido amigo: Apenas levantaba un palmo del suelo cuando intentaba mantenerme erguida, con ganas de demostrar al mundo de lo que era capaz en la bicicleta de mi padre y tú gritabas con todas tus fuerzas: ¡Dale morocha, dale, vos sos capaz! Y al mirarte fijamente me caí. Al verme en el suelo empezaste a reírte con esa cara de luna llena de la que te sentías tan orgulloso. Entonces me acerqué a tu vera para conocer tu nombre. –Luna– me dijiste mientras me enseñaste los dientes blancos que iluminaban tu cara. –¿Y qué más?– quise saber. –No sé… nací en abril. Empecé a observarte a escondidas mientras trabajabas en la fábrica de mi padre. Descubrí que naciste en un ranchito de adobe junto al río Paraná. De madre toba y padre guaraní creciste entre redes, trampas y aparejos mientras jugabas en la orilla del río. Escuchaba las conversaciones que mantenías con otros jornaleros escondida debajo del sauce llorón y descubrí los secretos que cada uno relataba a su modo y comprendí que mi mundo era irreal. Un mundo de protección y de cariño alejado del infierno cruel que les tocaba vivir a otros seres humanos. Te observaba sacar un espinita de mi pie con el mismo cariño que atendías a las yeguas cuando parían. Cargabas cajas a tu espalda con la fuerza de una mula. Como no tenías casa, te acomodabas en el fondo del galpón para dormir sobre un saco de arpillera desgastado por el tiempo. Eras feliz así, de cualquier modo… Cuando las tardes se acostaban sobre las palmeras me enseñaste a comunicarme con los pájaros y a cantar en Guaraní. Me enseñaste a observar a las hormigas con paciencia sagrada. A contar las estrellas y ponerles nombres. Cuando yo lloraba, me estrechabas entre tus brazos grandes de jornalero pobre y desdichado. Acunaste mis días tristes en la ausencia de mi padre. Y entonces descubrí la cicatriz en tu espalda que, como un relámpago de fuego, te atravesaba de lado a lado. Intenté saber lo que encerraba tu mirada al contemplarla. Rabia nomás, me dijiste. Catorce años de cárcel no consiguieron borrar de tu memoria el antes y el después de tu vida solitaria. Aprendiste a sobrevolar tus recuerdos con artilugios llenos de sabiduría. Componías versos de ternura entre las rejas y te inventaste una familia de pájaros que te visitaban cada domingo a las tres para escapar del dolor producido por la picana. Superaste la tuberculosis en medio del descalabro cuando los militares entraron a saco en la silla presidencial. Limpiaste la sangre de los muchos recluidos políticos que llenaron las cárceles en aquellos años e inventaste cuentos fantásticos y los lanzabas dentro de sus celdas para animarles en las horas bajas. Fuiste amigo de tus amigos y luchaste desde la simplicidad de las cosas. Repartías tu salario entre los desdichados y amaste en solitario tu amargura cuando te acostumbraste a ella. Seguiste con atención por la radio los acontecimientos políticos que se desarrollaban en el mundo. Deseaste morir cuando supiste del atropello a la casa de la moneda y segaron la vida del presidente. Abandonaste el país dos años más tarde cuando marcaron tu casa por la noche los milicos. Sabías que era una mala señal. La noche de abril que cumpliste los cincuenta años escapaste por Uruguay y te refugiaste en España y comenzaste a trabajar en lo que encontrabas. Changas, decías contento, pero solo te alcanzaban para sobrevivir en una ciudad inhóspita y desarticulada para un hombre de campo. Y seguiste compartiendo tu salario escaso con los necesitados en El Pozo del tío Raimundo. Hoy te escribo esta carta de despedida porque sé que te has ido y mis recuerdos afloran con la fuerza de la primavera que se acerca. Te has dormido en el tren que te llevaba rumbo a ninguna parte. Las primeras noticias decían ayer que fueron los de la ETA. Hoy sabemos que no. ¿Qué nuevos patrones han segado tu vida? ¿Qué nueva sinrazón atropelló tu sabiduría? ¿Con qué derecho? ¿Bajo que bandera se amparan? Quizás, si te hubieran conocido, se habrían cobijado bajo la tuya, donde la simplicidad de tus noches estrelladas y la ingenuidad de tu mirada laten hoy junto a mi corazón. |
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