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| Carta nº 287 https://www.rosasyversos.es/viewtopic.php?f=31&t=4598 |
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| Autor: | Concurso [ 27 Ene 2012, 20:54 ] |
| Asunto: | Carta nº 287 |
11.12.1984 Remo y no encuentro una barca que sostenga mi nombre, que me alucine de alarmante quebrado de virulentas tejas que se acompasan ante el estrado de esta monotonía. La melancolía lógica, el ser desatado de la fiebre del ser. La poesía resurgiendo del anonimato, entrometiéndose en la incrédula disparidad, calculando las liturgias, sobreentendimiento, quimera, temblor entre las piernas, guiso del olvido, la cadencia hacia lo singular. La levedad del ser. La soledad. Endemoniado juego. Sincera sinrazón. Acumulado amor. Vestigio enfermo. Recuerdo que la vida no me atormentaba cuando respondía a los abrazos con besos y palabras; ahora los cielos sólo me miran y callan; como yo a ti. Susurro palabras abominables para que empujen al viento y que regreses en mi espalda; que me traslade a otro lugar donde no hallar la muerte sino la inconstancia de un verso infinito, encadenado a mi garganta, a lo nublo de mis ojos, a la espada en cada grito que tierno estira de la manta para que mojen su pies la lluvia de los horizontes. Cualquier nido habría encontrado mejores alas, y cualquier sonido se habría quebrantado sin alentar la magia y espesura de las estrellas inverosímiles y los contornos caídos; las alturas estornudan en los lagos de los rincones y se incendian cien mil rosetones acariciando los recuerdos… Las risas son lloradas por los acordeones de un país olvidado; las risas son robadas por las almas tempranas, las mañanas tardías ante el corazón derrotado por muchas batallas libradas, muchos cuentos vacíos y sólo uno allegado, uno perdido en el misterio de los derrotados, muchos retablos acurrucados en los espacios ruborizados. Sería tan hermoso no escribir las rosas; sino palpar su pétalos y no salir de esa viñeta resplandeciente hacia otra menos cuidada; sería tan realista parar para escuchar y aprender de los aguaceros que mellaron en las cuevas y sostuvieron una enredadera de tu vital presencia. Sólo uno debe morir en este quinteto de queroseno obnubilado y rotas botas de anticuados museos de cera, risueñas casiopeas en los distritos de ningún lugar, en las aceras de ninguna suerte meditada sino aturdida por asentar las mañanas débiles en tu muelle de temperatura espesa, de recaído suministro de un ristro de minerales robles y decaídos almendros de armiño. Tendría que fustigar las paredes para no caer en las reseñas de las desideratas de las pequeñas y podridas uñas de los áticos y las afrentadas discordias en los lazos y las pérdidas armónicas. Sería cuestión de regresar al invierno, sería peculiar conversar con las fieras obstruidas y malheridas, sería peligroso jugar con el infierno, y aún así me quemo en la miniatura de un agujero gris que quiere descubrirse en las miradas ajenas, en los entornos alicaídos y espesas cordilleras de respetuosas indumentarias y ecos del Norte y Sur de los alimentos confundidos. Creías que no eras persona cuando estabas conmigo, querías huir de mí, pero realmente querías huir de ti, porque no te reconocías: tenías los ojos de niña para reconocerte como lo que eras... ¿y qué eras?¿debería yo describirte? yo, que fui una copia de tu vida, que me tuviste que otorgar la libertad para sentir que no era yo el que amaba el cielo, sino tú en tu esfera, y que agonizabas cuando yo no era la parte real, porque no te soportabas fuera de tu idealismo… Aquella noche el viento te había vestido de sueños, tu risa estaba dentro de mi mirada y acababas las palabras con una verde interrogación. No quería desenmascarar tu fábula, pero se extinguía entre las sombras sin reconocer tu propio amor devuelto, aquel que reprendió por convertirlo en poesía, aquel que se rebeló y no supo acompañar con el paso firme de los días, se desvaneció con él y ahora resurgía para entretenerte en tus tardes llenas de espíritus insaciantes, ahora te sentías dentro de otro cuerpo, el mismo, pero domado por tu alma, aquella que le venció, aquella que se despistó entre las brisas y contuvo tu piel en adoctrinadas comparsas de estados convencionales, en sociedades mimetizadas por la perspectiva subliminal. Retuviste tu pulso vaginal y moriste con él, sólo resurgía, de vez en cuando, entre ciertos contornos de luz y música, de voces profundas mezcladas de pasado, leyendas futuras en tu corazón; y yo, a tu lado, era el cuerpo que te recibía, no sé de dónde, como tú no sabías el hacia, tragábamos vino y éramos diferentes, o los mismos enriquecidos por un camaloneismo canónigo, la rudeza de los astros no rompía con nuestro espacio particular. Repitamos la belleza en nuestros actos… |
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