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A mi amada rosa de primavera: He aquí una metáfora de lo que me has hecho sentir en todo este tiempo: “Una densa oscuridad me rodeaba, y cada vez que intentaba abrir los ojos, no veía nada más allá de ellos. Cierta vez, una luz imprimió en mis ojos una ceguera de no más de un parpadeo. Luego, contemplé admirado la resplandeciente luz, y de esa luz emanaba una sonrisa que me llevó al olvido del mundo real en el que solía vivir. Mas no podía articular palabra alguna. Me sentía paralizado por tan extraordinaria belleza, radiante cual sol. Arrodillado en la oscura inmensidad, ese rayo lumínico que abasteció a mis ojos, me habló. En ese momento sentí paz. Sentí estar flotando en un aire impregnado de una nada con sabor a menta. Oí su dulce voz instándome a salir del negror. Así su flamígera mano y salí a otra realidad, inconmensurable. Caí en la cuenta de que pronto acabaría mi sufrimiento: pude ver su fuego en mis ojos, pues sentía en mí su espíritu. Comprendí que pronto la volvería a acariciar y me salvaría para siempre de este ingrato y oscuro universo. Ese día llegó. Quebré mis cadenas y cogí su mano tendida. Escapé de las garras de tan vil espectro. Alcé la mirada: sólo existía para mí ella. Y su rostro, ¡su dulce rostro! Me miraba con unos ojos que no hacían sino alimentar el amor más profundo que un hombre pueda sentir.” Eres mi luz entre tanta oscuridad. Jamás pensé que mi frío corazón sintiera ese calor, producido por tu tacto en mi pecho, que me convertiría en el hombre más feliz, sin duda alguna, del mundo. Sorprendente cómo mi cerebro, desgastado hasta la saciedad por la soledad y la amargura, despertó del letargo. El lánguido músculo que abastecía a mi mente se había acelerado en el momento en que mis ojos se cruzaron con los tuyos, tan brillantes que cualquier ser se habría arrodillado ante ellas. Tú, miel en mis labios, fuiste la única que comprendió cómo me sentía. La desesperación se leía en mi cara, y tú fuiste la única que pudo interpretarla. Mi amor por ti es y será, para siempre, la prueba de que los imposibles no existen, y que la naturaleza de todo ser humano es ser amado, hasta la infinitud, por su alma gemela. Nuestro amor se sella en esta carta que te envío, junto con el deseo de volver a verte lo antes posible. Mi corazón salta de mi pecho en busca del tuyo, y mi mente construye lo que seguramente será un amor sin precedentes, cubierto por una capa de esperanza. Quisiera escribir más, pero mi mano no es lo suficientemente rápida como para expresar cuánto te amo. Te amo. Dos palabras que significan todo y nada a la vez. Expresan mis sentimientos hacia ti, pero no conciben lo que realmente habita en mi corazón. Me despido. No es un adiós, pues sé que te veré en breve, y que nuestros labios se volverán a encontrar. No desistiré en esta labor, en la que nuestros corazones trabajan sin descanso. Te amo, y siempre te amaré. Siempre tuyo, Tu clavel de invierno.
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