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Carta nº 247
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Autor:  Concurso [ 26 Ene 2012, 22:53 ]
Asunto:  Carta nº 247

Querido Manuel;
Supongo que cuando leas esta carta, te preguntarás quien soy, y tal vez quieras saber porqué te hablo de estos sentimientos tan intensos que amenazan desbordarme el alma.
Sé que no sabes mi nombre, y que ni siquiera te imaginas como huele mi piel en las mañanas de primavera, cuando acabo de despertarme, y por supuesto, desconoces como es el timbre de mi voz cuando susurro para decirte lo mucho que te quiero.
En cambio yo sé como hueles cada mañana, desde aquella del año treinta y nueve, cuando todos morían a nuestro alrededor y nosotros empezábamos a sentir la vida latir a nuestro alrededor y cerrábamos los ojos en un vano intento de evitar que toda aquella tristeza se alojara en nuestras vidas. Hueles a esperanza, a lluvia en días de sol y a palabras en la oscuridad. Y tu voz es dulce y profunda cuando susurra mi nombre.
Cada noche, justo antes de acostarme, me gusta imaginarme tus ojos, y en la quietud de que me brinda un cielo oscuro salpicado de estrellas puedo verlos claros y cristalinos, mirando al futuro con esperanza, y hablándome de amor. Toda la vida me has hablado con los ojos. Y yo te respondía en silencio, a veces con besos y otras con sonrisas, y algunas otras, con una promesa. Pero siempre en silencio, como temiendo decir algo que rompiera la magia.
Desde el primer momento en que te vi supe que te necesitaba, desde que nuestros ojos se cruzaron por primera vez un mágico instante en que sentí que se paraba el mundo supe que algo indisoluble había nacido, teníamos que estar juntos. Pero el mundo es complicado y la vida a veces es demasiado cuesta arriba. Tú no tenías la culpa de ser hijo de Antón “el Rojo” y yo no había pedido a nadie que mi padre fuese Don Vicente “El Señorón”. Y ninguno de nosotros quiso que aquellos que nos habían dado la vida quisieran matarse entre sí y desde luego nadie de aquellos que nos rodeaban habían deseado que llegase una guerra cruel, una contienda que enfrentaba a vecinos, amigos y hermanos.. Pero así fue, y nosotros hemos tenido que vivir con ello para siempre.
Cada día que hemos compartido le he pedido al cielo calma, mucha calma, intentando evitar que el mundo girara tan deprisa, pero ni tú ni yo, al parecer, somos suficiente para que el mundo ralentice su marcha. Todos estos años he sentido que el tiempo se deslizaba demasiado rápido, se me escapaba como la arena entre los dedos de la mano.
Mi amor, en estos momentos estoy viendo amanecer y no puedo dejar de pensar en ti, y por eso te escribo, para intentar decirte todo lo que guardo en mí que es tuyo, pero son tantas cosas que en realidad no encuentro las palabras. Necesito que sepas que siempre has sido mi vida, mi principio y mi fin, la razón por la que volví la espalda a toda una vida de recuerdos, pero por la que jamás me arrepentí. Nunca he mirado atrás, siempre he sentido que todo estaba como tenía que estar cuando te tenía a mi lado. Me gusta absolutamente todo de ti. Tus palabras, tus silencios, los secretos que esconde tu respiración, el níveo brillo de la luna que parece anidar siempre en tu pelo, y tus manos, esas manos grandes que me acariciaban haciendo que todo cambiase de color.
Ahora que el otoño, o más bien el invierno de la vida viene a visitarnos me pregunto porqué has tenido que olvidarlo todo. Porque el destino nos hiere haciéndote olvidar que un día quisiste dejarlo todo por mí. Y te veo ahí, sentado en tu vieja butaca, mirando a la nada, sin hablar, y sin saber quien eres ni quien soy. Y mi corazón se rompe. Cada día se rompe un poco más, y a veces, mientras espero que la amanecida venga a rescatarme de estas largas noches en vela, me parece oír los pedazos de corazón cayendo al suelo, y rompiendo aún más.
Y otras veces me pregunto si todo esto no será un castigo. Un castigo por desafiar a la naturaleza y a los tiempos, por querernos cuando amores como el nuestro costaban la muerte a personas buenas e inteligentes. Pero cuando estas ideas rondan mi mente, simplemente sacudo la cabeza y las hago desaparecer. Quiero creer que las enfermedades llegan como llega la noche, simplemente, y evito pensar en castigos y en dolor. Así que ahora que pronto habremos de dejar este mundo, me voy feliz por haber querido tanto. Me voy con el corazón y el alma lleno de amor, y sé que tú también has sentido lo mismo, aunque ahora lo hayas olvidado. Y en esas largas noches que tanto parecen perseguirme, me digo una y mil veces que cuando dejemos esta vida y estemos juntos en la eternidad, podremos ser libres, sin escondernos de nadie. Y tu memoria volverá a llenarse de recuerdos. Y sabrás que un día dejaste atrás una vida porque no podías vivir sin un hombre que lo habría dado todo por ti. Y hasta que ese día llegue, solo puedo decirte que te quiero. Y aunque las palabras no pueden expresar todo lo que siento, espero habértelo hecho saber estos últimos setenta años. Te quiero; Juan.

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