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 Asunto: Carta nº 62
NotaPublicado: 26 Dic 2011, 21:02 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
PREGÚNTALE AL VIENTO
Querido nieto:
Sé que aún tardarás un par de meses en arribar a este puerto que te espera impaciente pero, antes de que me abandone esa que a veces me desconcierta y otras sobresalta, te voy a contar algo de tu abuelo Juan y mío para que sepas que llegamos a existir, algo que quizá pueda servirte cuando inicies tu singladura por este mar intempestivo de la vida, el único algo que puedo dejarte para que puedas recordarnos.
Cuando alguien está enamorado se dice que bebe los vientos por su amada. La Torre de los Vientos, en Atenas, tenía esculpida en su fachada los nombres de los ocho vientos de la rosa náutica. Ella, la Torre, desapareció pero sus hijos, los vientos, se propagaron por la faz de la tierra. Son los que marcan los tiempos del amor.
Conocí a tu abuelo Juan con el viento del mediodía…
… cuando el sol se elevaba a la mitad de la jornada, resplandeciente… Recuerdo que se me erizó la piel al cruzarse nuestras primeras miradas, al aspirar su aroma, cerrar los ojos, contener el aliento y enmudecer sabiendo que ya nunca podría renunciar a conocerle. Fue nuestra primera cita.
Días más tarde me dijo que era el Gregal…
… el viento de los antiguos navegantes a vela camino de Grecia, el que nos envolvía en aquellas somnolencias y brumas… Nos quedamos dormidos en el banco de la plaza que escuchaba nuestras confidencias, y soñamos, soñamos con la constelación de Orión, Betelgeuse, la brillante y blanca azulada Rigel, la pequeña Saiph; soñamos cómo Jasón burló a las ninfas marinas; con el abatimiento y pena de las figuras de Botticelli; con Neruda y Walt Whitman, Händel y su “Mesías”; y de cómo la abeja susurraba y la paloma arrullaba y zureaba.
Meses después, el mítico y simbólico Tramontana…
… “de más allá de las montañas”, hizo que nuestra relación fuera intensa, nos fundiéramos. Era un viento que, cuando reinaba, el cielo desplegaba su manto más azul… Mantuvimos nuestros pensamientos vagando por el aire como notas de un piano sostenidas; eran susurros y olvidos, el optimismo sorteando cicatrices, las marcas sobre la piel para recordar la existencia de todos los encuentros. Fue un Intercambio de palabras y silencios, el sosiego y la calma de una relación que aún no había sufrido.
Luego, de improviso, llegó el embate. El siroco…
… amenazó el otoño con un viento opresivo y caliente, llevando en sus entrañas polvo rojo, enardecido… Nuestro primer desacuerdo. En los rostros aparecieron desdibujadas las pupilas del abandono. Sentíamos las heridas cuando aún viajaban por el aire impalpable las palabras de la ofensa. Y en la espera, tratábamos de controlar el mayor de los miedos, que era perder la mirada de nuestros afligidos ojos.
Lo superamos. Nos devolvió la calma el Mistral…
… vimos cómo el milano cruzó el cielo despejado planeando contra el viento, mientras una indiscreta nube dibujó una sonrisa sobre el intenso azul… Nuestro gesto se volvió firme y notamos la sabiduría balanceándose en cada mirada, el beso en los labios que acallaba todas las quejas, el sentimiento por todo lo que hubiera podido ofender, hasta lo olvidado, hasta lo no dicho. Era la reconciliación meciéndose en los brazos que la anhelaban.
Llegó un momento de transición de la mano del viento de Levante…
… con él todos los barcos buscaban refugio en puerto, se protegían porque habían aprendido a no arriesgar, se dejaban seducir por la brisa norteña que silbaba entre las olas y acariciaba sus cascos… Así contemplamos el murmullo del mar embravecido ahogándose en la playa solitaria de las ansias. Y así llegó la conformidad de un mundo cotidiano del que desaparecieron poco a poco las novedades. La rutina, enemigo silencioso y dañino, amordazó al sentimiento para que no descubriera dónde acababa el miedo por vivir.
Fue en ese instante que se desató el Lebeche…
… la depresión que conllevaba tormentas y lluvias, el viento que ocultaba entre sus miedos la arena y el polvo fino en suspensión, el viento que erosionaba… Era el desacuerdo real, desestabilizante. Regresar a la soledad del silencio de alcoba apreciando la ausencia, observar las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal de la ventana y se ofrecían como los besos perdidos; habitar entre las sombras calladas, las agotadas caricias, doler la imagen, quemar la mirada, sentir en las mejillas una lágrima furtiva. Sosegar, vivir, sufrir… hasta perder.
Cuando parecía que íbamos a separarnos, apareció el Poniente…
… procedía de donde el sol se acostaba... Ese golpe de viento consiguió que en nuestras vidas el color negro se vistiera con colores de esperanza. Tu abuelo Juan me dijo que deberíamos escoger entre el Ábrego, un viento que inducía a “estar al abrigo”, o arriesgar con el Cierzo, el viento que retaba a las plantas a luchar contra la sequedad, un viento sobre el que Catón decía que era capaz de tirar al suelo a un hombre armado. Pensé que el mundo se acabaría cuando consiguiera que un soñador como tu abuelo se avergonzase de sus utopías. Recuerdo que traté de mirar con sus ojos para robarle la emoción, sabía que en ocasiones mi intuición superaba a su ciencia en la búsqueda de soluciones, y decidí engancharme a la vida colgada del último eslabón, que era su sonrisa.
Poco después nació tu madre.
Y también poco después… murió tu abuelo Juan.
Pensé que había roto la promesa de no abandonarme. Me sentí perdida, como la niña a la que le habían robado la risa y los sueños. Tenía el temblor de mis manos gastadas sobre su piel, y arañaba con desesperación la vida en busca de respuestas…
… Pero ahora sé que es él quien, desde entonces, ha refrescado el viento que cada día ha acariciado mi rostro…
Querido nieto… quisiera decirte que tu abuelo Juan y yo, tu madre, no sé...
Pregúntale al viento.


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