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Mi querido Mario, permíteme que empiece esta carta diciéndote “querido”, en recuerdo de aquel tiempo en que fuiste muy querido para mí aunque, en este momento, esa palabra sea un simple formulismo, que no tiene ningún significado. Desde hace varios años, porque tú así lo decidiste, cada uno hemos ido por caminos distintos. El mío escabroso y duro, el tuyo quizá mejor, pero seguro que no exento de espinas, sobre todo de esas que nacen de los recuerdos y se clavan en el alma.
Durante todos estos años, sentada en mi silla de ruedas y sin otra ocupación que pensar, he ido desgranando los momentos vividos a tu lado y los he rememorado tantas veces, que los tengo tan nítidos como si hubieran ocurrido ayer .
¿Recuerdas cómo nos conocimos? Yo trabajaba como mecanógrafa en un bufete de abogados y tú, que acababas de terminar la carrera de Derecho, ibas a entrar en el bufete como becario. La tarde aquella de tu entrevista, estaba yo en el despacho de uno de los abogados con un portafirmas repleto de cartas, que debían ser firmadas para, a continuación, encargarme de enviarlas al correo. Siempre he sido muy precipitada, pero aquel día era ya casi la hora de salida y había quedado con un amigo para ir al cine y, nerviosa por terminar pronto mi trabajo, salí del despacho con tanto ímpetu, que no pude frenar a tiempo cuando vi que tú te disponías a entrar en él. El choque fue inevitable. El portafirmas se me cayó de las manos, se abrió y todas las cartas quedaron desparramadas.
Me miraste con cara de niño asustado, pero tratando de esconder una sonrisa, que a mí me enfureció aún más que ver las cartas por el suelo y si las miradas mataran la mía en aquel momento te hubiera fulminado. Te agachaste para ayudarme a recogerlas y al ver mi furibunda mirada dijiste ---empiezo bien, que Dios me coja confesado---Me hizo tanta gracia tu salida, que me eché a reír y el enfado se fue como por arte de magia De ese encontronazo, nació una hermosa amistad, que desembocó en un amor grande y apasionado que acabó en el altar. El día que ante Dios nos dijimos “si quiero” creí que estallaba de felicidad. No se podía ser más feliz de lo que ya lo era en aquel momento. Prometimos amarnos en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza y hasta que la muerte nos separara. Qué poco pensaba yo entonces, que todas esas promesas no eran más que palabras huecas.
Te amaba con locura y me sentía igualmente correspondida. Éramos inmensamente felices, no concebíamos la vida el uno sin el otro y nos gustaba imaginar cómo sería ésta cuando fuéramos viejitos. Nos veíamos rodeados de hijos y nietos y tal vez hubiera sido así, si aquel fatídico domingo no se nos hubiera cruzado en la carreta el camión que me dejó en una silla de ruedas, trunco mis ilusiones y acabó con todos mis sueños. Estuve varias semanas en el hospital y tú no te separabas ni un instante de mi lado, pero cuando nos dieron la triste noticia de que no volvería a andar te viniste abajo y cobardemente huiste, me abandonaste. Creí morir y mis padres, tratando de tranquilizarme, me decían que te diera tiempo, que no habías podido asimilar la noticia, pero que me amabas y volverías a mí, algo que nunca ocurrió. Pasaban los días, los meses y no tenía noticias tuyas. Yo estaba desesperada, no podía soportar la convicción de que ya no volvería a verte. No traté de buscarte, ni siquiera de reclamar mis derechos como esposa. No tenía caso, si no querías saber de mí yo no iba a humillarme suplicando que volvieras.
Los médicos estudiaron con mucho interés mi caso, y llegaron a la conclusión de que las lesiones no eran del todo irreversibles, que sería doloroso, laborioso y lento, pero que cabía la posibilidad de que un día pudiera volver a andar, aunque quizá ayudada por un bastón. Para mis padres la noticia fue una alegría inmensa, pero no para mí. El dolor por tu pérdida era tan grande que eclipsaba todo lo demás. No quería recuperarme. La vida sin ti no tenía ningún sentido.
No sabes cuantas lágrimas derramé y cuantas veces te maldije por tu cobardía. No podía entender que ese amor tan grande que decías tenerme y que yo así lo sentía, se hubiera esfumado de golpe. Durante mucho tiempo te odié. Pensaba que si hubieras estado a mi lado todo habría sido más fácil. Habría luchado por recuperarme, pero sin ti ¿para qué? Sin ti mi vida carecía de interés. Me daba igual seguir para siempre en una silla de ruedas o incluso morir.
Yo que había sido tan alegre y tan vital, aquello me hundió totalmente. No quería salir de casa ni hablar con nadie y mucho menos intentar la rehabilitación que me habían indicado los médicos y para la cual tenía un fisioterapeuta que, todos los días, iba a mi casa y al que yo prácticamente ignoraba. Quería que me dejaran en paz, incluso pedí a Dios que me llevara con él.
No creas que te escribo esta carta para incomodarte o echarte en cara tu cobardía, a estas alturas eso ya no tiene mayor importancia. Al contrario, hoy te escribo para tranquilizar tu conciencia por si alguna vez mi recuerdo te ha mortificado, porque ya no soy la misma o, mejor dicho, soy casi la misma que era cuando tú me conociste. Vuelvo a sentirme viva y quiero que lo sepas para que nada menoscabe tu tranquilidad si es que, en algún momento, ésta se ha visto alterada por mi culpa. Hoy, ayudada por unas muletas, he dado mis primeros pasos los médicos me han felicitado y me han asegurado que pronto podré andar con sólo un bastón y, quien sabe, con el tiempo incluso si él. El milagro lo ha obrado el hombre con el que voy a compartir el resto de mi vida. Mi fisioterapeuta, que con su entrega, dedicación, paciencia y amor, ha conseguido sacarme del pozo en el que tú me habías hundido y ha hecho que vuelva a enamorarme y a sentir deseos de vivir.
Solo te pido un favor, que te pongas en contacto conmigo para tramitar el divorcio y poder así unirme legalmente al hombre que me ha devuelto la vida. De todas formas si no quieres hacerlo, tampoco me preocupa, pues con papeles o sin ellos, este hombre es mi destino. Tú me has hecho entender que la firma en un papel vale muy poco. Los sentimientos no necesitan de rúbricas.
A pesar de que en un tiempo te odie por tu cobardía, hoy quiero darte las gracias porque, por ella, he conocido al hombre más maravilloso del mundo. En otra época creí que tú eras ese hombre maravilloso, pero estaba equivocada, de hecho me lo demostraste y ahora que vuelvo a vivir y soy inmensamente feliz, quisiera que todos participaran de esta mi felicidad y sobre tú la persona que tiempo atrás quise con toda el alma, aunque no fuera merecedora de un amor tan grande
Deseo que seas tan feliz como yo lo soy con este maravilloso hombre que, gracias a ti, llegó a mi vida. Te amé, te odié y ahora te estoy agradecida.
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