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11 de febrero de 1961 Mi querida Mariana, Te escribo estas líneas, en estas servilletas, después de haberte perdido para siempre. Mi tren parte en media hora más y te dejaré esta carta de despedida. Creo que lo eché todo a perder y mereces una explicación. Hace minutos, sentados en el umbral de esta vieja casona, debí confesarte mi amor; pero, en cambio, me entretuve en múltiples cavilaciones. Tus pupilas tintineaban y tus labios se sacudían por el temblor del deseo. Y yo, ¡Sí yo!, simplemente acaricié tu rostro de mujer entregada y escupí un lacónico: “Esto no conduce a ninguna parte”. Tú, alisándote el pelo, respondiste: “Tienes razón. Que tengas mucha suerte en tu vida. Adiós”. Te vi alejarte por aquella calle que tantas veces recorrimos, y desde el porche, abrigué la secreta esperanza que te dieras vuelta y me estrecharás en un último abrazo. Por el contrario, giraste en la esquina y te sumergiste en la bruma de la noche. Ingresé a la pensión y, sentado en la cocina, agarré unas servilletas y escribí mis descargos para que mi estúpida frase no quede como mi cruel epitafio. Y, es que, Mariana, Yo te amo. Y parece tan fácil escribirlo aquí en la soledad de este cuarto vacío, pero ¡Demonios! cuanto me cuesta decírtelo, mirándote a los ojos, minutos antes que me suba al tren que nos separará para siempre. Cómo decirte Te amo, cuando sé que ese Te Amo es el último que te diré y que mi confesión amorosa llega, inexorablemente, en el instante en que nuestros caminos se bifurcan para no encontrarnos jamás. Es verdad, YO TE AMO, pero esta declaración de sentimientos sólo nos engañaría, impulsándonos a luchar por una relación imposible. Sí, puedes decirlo, soy un cobarde y los remordimientos me dominan. Y son estos remordimientos los que carcomen la poca lucidez que te había guardado. Y mientras escucho las moscas revolotear en mi conciencia repitiéndome “la perdiste para siempre”, la ineludible Pizarnik me susurra una frase maldita “Siniestro delirio amar una sombra”. ¡Cómo podría amarte ahora que eres sombra! Como podría abrazarte, mi amante espectral. Cruzar mis brazos por tu cintura ectoplásmica, besar tus labios invisibles. Hacerle el amor a una ilusión. Como amarte ahora que eres sólo un bello recuerdo sin tiempo ni espacio, una quimera de la que nunca me desprenderé. Y es que ahora, la imagen de tus ojos se irá desvaneciendo días tras día, tu sublime perfume de lavandina se diluirá en otros olores mundanos; Ya no escucharé, ¡Nunca más! tu risa, tus gemidos, tus suspiros. Y, aciago destino, tus palabras más tiernas, tu “Te amo”, más honesto y fiel zozobrará en las aguas del Leteo. Ya no hay nada que hacer. Esto es el adiós. No me guardes rencor. Eres la mujer que más he amado, pero mi destino errante me reclama en otras tierras, donde ninguna boca o cuerpo se aproximarán a la paz y felicidad que encontré en ti. Te ruego que no me olvides. Yo, por mi parte, mantendré tu imagen, tu voz, tus ojos, tus suspiros desgarrándome el corazón por el resto de mis días. Tuyo por siempre… Román
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