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Querida Amanda El amor por ti convirtió mi mundo frío e insensible en uno nuevo, empapado de pasión, pero ahora me devoran los pensamientos, me destruyen y luego me renacen en una carne sin piel, aflorando en las venas la sangre por las heridas. El razonar no me cura: me desnuda las cosas, y me las hace ver más crudas, más claras. Como una señal ardorosa, te digo que te amo locamente cuando recuerdo mi antiguo yo, el yo que ya no soy y que no reconozco. El amor ha seguido invadiendo mi alma de tal modo, que ahora ya no deseo otra cosa que poseerte: tu cuerpo, tus labios, tu rostro, tus ojos, tu pelo, toda tu vida. Como un pájaro esperé pacientemente frente a tu ventana, hasta que me surgió aquel canto maravilloso, que por fin, lograría la entrega de tu ardiente pasión. Ese amor me disolvía, pero esa disolución era fecunda: me despojaba de todo, me hacía ver que la razón definitiva de aquel embelezo, era la conjunción de aquellas excitaciones enfervorizadas: la evidencia del amor. Y luego, mas sosegado, pensaba nuevamente en reconquistar ese deseo, iluminado por la ternura. Te amaba tanto, que el temblor me sobrecogía cuando te besaba: porque de esos besos, siempre nacía un mundo de nuevas sensaciones de placer. Creciste, surgiste, fuera y dentro de mi, impalpable en el aire, no solo por tu presencia, sino también en el clima alucinado que te envolvía, la atmósfera que respirabas, la luz que te iluminaba e impregnaba, el estremecimiento que te anunciaba. Pero tu amor lo depositaste luego en otras manos, manos extrañas que estaban disponiendo de mi corazón, de mis entrañas y yo engreído, las dejaba hacer. Pero cuando sentí ese dolor de perderte, el mundo me pareció desolado, y en medio de él, volví otra vez a sentirme un huérfano abandonado. En esta alma devastada, hay una sola verdad: y es que te quise. Pero este amor mío en ese tiempo estaba acompañado de irritación; todo ese querer desesperado, que podía ser de días como meses, o de años como siglos, traté de revertirlo con desdén: desdén de mí mismo, de mis sentimientos, de todo lo que pasaba. Como un cobarde, no quería discutir, no quería ganar ni perder. Pero todo aquello fue inútil, y ahora ya no sé qué soy y pronto enloqueceré o moriré. En esa vida sin ti, de ese nuevo futuro, me arrebataron aquel presente con tus afectos; y ese mundo se ha convertido en una prisión, porque tú, estabas en medio del aire, un aire que todo lo rodeaba. Me da dolor empañarte estas horas con reflexiones, con lágrimas entregado a esta especie de embriaguez, que no es otra cosa que la angustia de mi alma, escribiéndote con ternura, acrecentada por esta visión serena del sol y del mar. Un poco de mi sangre en palabras querría que estuviera en esta carta, para que circulara por tus venas y te llegará amorosamente al corazón. Sigues existiendo para mí, en el mundo de mi adolescencia y el de mi soledad llena de sueños, pero estos sueños se han ido incrementando: has entrado en otro, con una obsesión que me ha llevado a la agonía, que me está destruyendo y aniquilando; pero de tal modo, con tal apasionada y cegadora caricia, que me daría gusto morir y regresar a la vida, por el puro placer de inmolarme otra vez por ti. Puedo decir cómo se llegó a esta situación, cuál fue el camino equivocado y cuáles fueron los resultados de nuestra separación. Todo el mundo sabe bien de todo aquello que tan silenciosamente, tan expresivamente, me dice que ignora. Pero no quiero interrogar nada a nadie, no quiero saber qué significa todo aquello para los demás. ¡Siempre hay engaños! No quiero esa tranquilidad que nace de estrujar mi propio corazón; no quiero la comodidad que consiste en sepultar mi dolor. Solo quiero volver a vivir en ese mundo apasionado donde pasaron tantas cosas, donde el milagro era diario, y estábamos juntos entre todos las goces de la vida. Despreciado, avasallado, humillado: siempre te querré, no me importa todo lo demás, junto a esto que siento en mi alma, lo demás no tiene valor. No quiero seguir viviendo a orillas de la luz, no quiero seguir viviendo entre las sombras. Amanda: si tan solo me dieras un poco de tu amor, podrías iluminar nuevamente mi vida. Al fundirte en otra carne, en otra sangre, en otra alma, tu respuesta, que ahora entreveo entre destellos, es muda e inefable, donde no hay ninguna esperanza y mis palabras suenan impotentes. Sin embargo, siento un irrefrenable deseo de penetrar en ti: siempre hay zonas de penumbras en las almas más puras, pero es necesaria la oscuridad de ciertas cosas, para que resplandezcan otras. Sería suficiente que me entregues una pequeña migaja de cariño, que aún puedas sentir por mí, para convertirme en tu prisionero, en el juguete de tu placer. Nada más que esa migaja de cariño te pediría a cambio, para convertirme en tu amante fiel; porque ya nada me importa en la vida, que no seas tú. Amanda, mi amor: vuelve a mí. Te quiere, Roberto
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