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Después de tantos años de total entrega, caminando lado a lado, en perfecta sintonía, un día desperté y me encontré vacío. A mi lado, nadie para despertar con besos y caricias. En mi hogar, las paredes desnudas de cualquier utensilio que otrora ocupaba un espacio. Mi alma desprovista de cualquier sentimiento, se encontró con el vacío. No, allí adentro no había nada, solo el oscuro de una noche sin luna. Los gritos habían cesado dando paso al silencio de la muerte prematura. Los gemidos de placer, ahora eran de agonía. Sentí como el aire dejaba de penetrar en mis pulmones, por más que intentaba forzar su entrada. Mi vista se tornaba cada vez más borrosa y mis oídos deseaban desesperadamente volver a escuchar la dulce canción de su dolor. Decidí salir de aquél apartamento y por primera vez, después de dos décadas, enfrentar el mundo. Caminé por las avenidas ruidosas y calles estrechas. Atravesé a los hombres bien vestidos y a mujeres desnudas. De repente, todo era extraño para mí, aunque mi vida había transcurrido en aquella ciudad. Las caras, las voces, los perros. Todos extraños. Mi garganta intentó soltar el grito de libertad, pero fue ahogado por el silbido del viento y el cantar del tráfico. Había llegado el momento. No pensé que sería tan breve, pero así lo fue. Salí de la ciudad y fue adonde todo comenzó. Allí, al lado de aquél lago, calmo y desierto, donde mi corazón gritó por primera vez, tu nombre, cuando en aquel día de otoño, masturbé tu nombre. Todo estaba como antes. Los árboles aun se arrodillaban al margen del agua, en un fallido intento de lograr poseerla por su belleza muda. El manto azul del infinito seguía luciendo su profunda tristeza. Mientras tanto, el viento hacía bailar las hojas sueltas. Fue allí que te vi por primera vez, mujer. Así como las hojas, bailabas una danza frenética y desesperada. Su cuerpo tenía la marca de mi desgracia dibujado en forma de una mariposa en el hombro derecho. Cuerpo este que poseí una y otra vez en mis noches moribundas y que me hacían renacer cada mañana. ¿Y tus ojos? ¡Ah! Estos ojos color miel que me hipnotizaban, arrastrándome a lo más profundo de mi tumba. Estos ojos que ordenaran, que suplicaran, que engañaran,… Tú, mujer, que me has enseñado a amar, dándome la vida con cada despuntar de la madrugada. Tú, mujer, ser superior, capaz de herir sin armas, enloquecer con un gesto, matar con una sonrisa. Sí, tú, mujer, ser casi perfecto, capaz de sacar al corazón humano sin dejar marcas aparentes. Dejaste solo, lo que se había unido y triste, lo que se había hecho presente. A ti mujer, que tuviste una voz que nunca salió. A ti, prometí amor eterno. Y a tu glorificación, derramé toda la esencia de mi alma, sonreí mi sonrisa, lloré mi dolor, pero nada le ha sido suficiente. Partiste aun sabiendo que llevarías consigo una vida. Inútil talvez, pero una vida. Ahora los campos están tenidos de un amarillo-marronado. Los mismos campos que otrora corrimos juntos, nos acostamos y nos amamos como si el mañana ya no existiera. Recuerdo que le gustaba caminar por entre las hojas secas y escuchar el crujir bajo tus pies. Siempre caminabas por las mañanas, silenciosa. Apenas respirabas. Solamente se notaba tus pisadas por el crujir, una y otra vez, muy lentamente. Ahora mujer, dime, que debo hacer si ya no estas aquí, con todas tus manías, tus quejas, tus locuras,… Pronto volverá el invierno y no estarás aquí. En el cielo, las nubes intentan dibujar tu rostro. Hora triste, hora enfadada, hora contente, pero el viento insiste en borrarte de la pizarra azul. Siento que me estoy enloqueciendo. Camino como tú caminabas, lentamente, buscando tal vez tus huellas por entre las hojas. El crujir, el viento que me acaricia el rostro, el sol que me calienta el alma. Escucho el latir de mi corazón. Sé que pronto se estancará por tu ausencia. Sé que ya no volverás, mujer, nunca lo haces. Por lo menos hasta el próximo otoño. ¡Oh! Ninfa mística, moradora de los bosques, servidora de la naturaleza, guerrera insondable, vuelve, te suplico. El camino es largo y vacío para mi alma solitaria.
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