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Va a ser oscuro, como nosotros, pero claro, luminoso como la esperanza que cada pibe trae -al nacer- para reinaugurar el mundo; la esperanza de un mundo mejor. Y en esa claridad, aunque apenas pueda abrir los suyos, encontraremos tus ojos. Tendrá una pelusita, tal vez un poco dura, que vamos a peinar con nuestros labios y las palmas ahuecadas de nuestras manos abiertas pero no vacías: tan llenas de ternura como de esperanzas… Va a crecer apresuradamente, casi sin que nos demos cuenta, y empezarán las sonrisas; los balbuceos; el puré amarillo: la silla alta y la pronunciación defectuosa de palabras cortadas tales como “ma” y “pa” que interpretaremos –desde nuestras expectativas impacientes- como mamá y papá. Más que música, quedará en nosotros –para siempre- la melodía inicial del sonajero. Y, sobresaltados, lo veremos caer tras sus primeros pasos vacilantes, y acercarse para tomarse –pícaro y risueño, como en triunfo-, de tu pollera y de mi pantalón para reír y babearse en la firme y segura protección de nuestros brazos. Comenzará el tiempo de la curiosidad irreprimible y de las cosas rotas junto con las molestias de los primeros dientes, las anginas y el esporádico ámbito terrorífico de la peluquería A esos nubarrones tendremos que agregarle algún dolor de oídos y los reclamos perentorios del cambio de pañales y la mamadera. Aunque incompleta, la serie se integrará con las sucesivas salitas del jardín de infantes y los juegos colectivos convertidos en aprendizaje trabajoso y espontánea socialización: el guardapolvo –pintorcito- y las canciones (“Un cocodrilo se escondíó en la cueva…”) y, también, con el garabato indescifrable convirtiéndose de a poco, gradualmente, en monigote… (En ellos, sin siquiera haber llegado a la figura, vamos a identificarnos. Y constituirán la más decorativa ilustración, el cuadro más valioso. Casi una reliquia) Ahora, será la escuela. La “lectoescritura” y la carpeta de dibujo y -naturalmente- la imposibilidad de resolver una cuenta de sumar cuando no alcanzan los dedos. En su cuaderno, aparecerá el nombre de alguna compañera y eso… ¡será el amor! No el de la luna y las flores; no el del beso apasionado sino el del “piquito”; no el del abrazo sensual sino el del caramelo compartido… Por eso cuando nos diga “tengo novia”, involuntariamente evocaremos el chupete y el embadurnamiento de zapallo y zanahoria y, sonriente, me dirás: pensar que ayer gateaba. Hasta aquí, solamente hasta aquí será el pasado. En adelante, tendrán absoluta prioridad las “tareas para la casa”, el repaso de la lectura y las tablas de multiplicar… Del triciclo a la “bici” –sin rueditas- habrá un corto interregno, un intervalo imperceptible. Y ya no será el nombre de una compañera escrito en su cuaderno sino una inquietud guardada íntimamente, un secreto personal Y habrá una carta de amor. Seguramente, habrá una carta de amor y no –como en este caso- un amor a la carta; algo así como un tristísimo menú, el melancólico listado imaginario de las pequeñas y grandes cosas de la vida: el babero, el sonajero, los pañales… Las tareas para el hogar, la carpeta de dibujo, la imposibilidad de resolver una cuenta de sumar cuando no alcanzan los dedos… Habrá una carta de amor…
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