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Alma mía,
¿Te has parado alguna vez a pensar en lo compleja que es la vida? Con lo sencillo que sería tumbarnos bajo el sol y dejar pasar las horas. No rendir cuentas a nadie. Vivir sencillamente, sin mayor preocupación que la de seguir el círculo vicioso de las estaciones. Qué fácil sería volver a ser aquellos niños de manos sucias y corazón caliente, que corrían bajo la lluvia con la boca abierta, y el pecho rebosando sueños. Entonces, cualquier charco podría ser el mar, nuestra casa un par de hojas de palmera y nuestra mayor preocupación esa lluvia que nos impedía salir a conquistar las calles. Como frutas nacemos al amparo de algún árbol, sin saber quiénes somos, de dónde venimos, ni a dónde vamos. Luego crecemos tomando color y forma, deseosos de madurar, de abandonar la rama para volvernos árbol por nuestra cuenta. De pronto, sin darnos cuenta empezamos a arrugarnos, a perder color y fuerza, nos acechan pájaros y gusanos, nos cortan, nos manipulan, nos venden, nos consumen. Por suerte, mi vida, nos queda una semilla, oscura y pequeña, que viaja sobre los vertederos en la tripa de algún pájaro. Una simiente de futuro, que sembrada en tierra fértil nos hará ser árbol, y tener frutas rebeldes a las que cobijar, aunque estas nunca lleguen a entender nuestros consejos.
Tu nombre ha echado raíces en mi cabeza y no consigo olvidarme de esas seis letras, de la ternura que hace brotar la primavera nutriendo besos que florecen en mis labios.
Sin miedo, el tallo de mi semilla rompe la tierra.
Surge, crece, se eleva buscando el calor de tu sol. Nuestras raíces felices van levantando las aceras, no hay barrera que detenga al sueño y la esperanza que hacen madurar, en tu abrazo, el fruto del amor.
Sé que no será fácil emerger entre las piedras, pero las plantas no eligen donde van a nacer, todo depende de las manos que las siembran, de pájaros y abejas, de la brisa que nos mece.
Conozco la dificultad de germinar en la distancia.
Sé que los insectos vendrán a morder mis yemas, que llegará el frío, que no lloverá en abundancia, y sé que talarán mis ramas para encender hogueras.
Pero pasarán las heladas, las plagas y los vientos, y sabrás que ha llegado el tiempo de la cosecha, porque habrá cajas y cajas de tiernos sentimientos, y comprenderás que toda espera tiene su recompensa.
Por eso olvídate de la prisa, no creas a quien nos dice que no hay futuro, qué todo está perdido, así, sin intentarlo. Confía en mí, como confiaste el día que me tomaste de la mano y salimos volando por aquella ventana. Pongamos oídos sordos a tanta palabra necia y sigamos batiendo las alas hacia el porvenir. Ahora, no mires al reloj, enrédame a tus dedos, hazme rico en el hambre y la miseria, abrígate bajo la sombra de mi cuerpo. Abrázame y no pienses en mañana, ámame como si cada día fuese siempre el primer día, y deja que tu sonrisa siga siendo mi primer rayo de sol después de la tormenta.
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